La semana pasada se dio inicio a una nueva serie que tratará acerca de si Dios está en control de todas las cosas. Te invito a leer la entrada del lunes pasado a modo de introducción. Dicho post cierra diciendo que Dios es soberano y que sus decretos se cumplirán. Es por lo tanto necesario que hoy hablemos acerca de los decretos de Dios.

¿A qué se refiere todo esto? ¿Qué son los decretos de Dios? El decreto de Dios es “un término teológico para el plan comprensivo del mundo y su historia el cual Dios soberanamente estableció en la eternidad… (es) el plan eterno establecido desde antes de la creación del mundo”[1]. La Confesión de Fe de Westminster lo pone así:

Dios, desde la eternidad, por medio del más sabio y santo consejo de Su propia voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede: sin embargo, Dios no es ni el autor del pecado, ni hace violencia a la voluntad de las criaturas; ni elimina la libertad o contingencia de las causas secundarias, sino que más bien las establece.[2]

Dios “hace que suceda todo lo que Él quiere… Cuando Dios decreta soberanamente que algo va a suceder, debe de hecho suceder”[3]. No hay quién se oponga a Su voluntad y sabemos que Él es un Dios soberano. Ejerce Su Señorío soberano sobre su plan sabio.[4] Frame tiene muy clara la diferencia entre la providencia y los decretos de Dios. Su explicación rebate de una vez las dos concepciones equivocadas en este debate:

Bajo la providencia, consideramos la dirección soberana de Dios de la naturaleza y la historia [vista] desde abajo: trabaja en y con todo evento para que resulte de acuerdo a Su propósito. Bajo los decretos, consideramos lo mismo [visto] desde arriba, enfocándonos en el propósito mismo por el cual Dios hace que resulten todas las cosas. El obrar soberano de Dios no es sólo desde arriba (como en el deísmo) ni sólo desde abajo (como en el panteísmo), sino que ambos. Dios dirige su creación tanto en Su trascendencia como en Su inmanencia. El decreto es el propósito de Dios en la eternidad; la creación, la providencia y la redención son la ejecución del decreto de Dios en el tiempo.[5]

Alguien podría preguntarse “¿por qué hace Dios esto?” o “¿por qué decreta Dios lo que ha de suceder?” Pablo decía que Dios “nos predestinó para adopción como hijos para sí mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria” (Ef 1:5–6). El objetivo final de los decretos es que Dios reciba toda la gloria.[6] Se hace difícil, a menudo, entender (y aceptar) verdades teológicas como éstas.

El hombre batalla constantemente con esta verdad Bíblica y a través de la historia ha habido diversidad de herejías tratando de explicar esto o tratando de huir de esto. Valdría la pena entonces recordar que “entre los hombres, ¿quién conoce los pensamientos de un hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Asimismo, nadie conoce los pensamientos de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Co 2:11).[7] Salomón decía que “la suerte se echa en el regazo, más del Señor viene toda decisión” (Pr 16:33). Estos versículos no dan lugar a la intromisión humana, es claro que el Señor al fin y al cabo está en control de todo lo que sucede en el universo.


[1] F. H. Klooster, Evangelical Dictionary of Theology, 2nd ed., Baker Reference Library, ed. Walter A. Elwell (Grand Rapids: Baker Academic, 2001), 328.

[2] The Confession of Faith: Agreed Upon by the Assembly of Divines at Westminster, with the Assistance of Commissioners from the Church of Scotland, as a Part of the Covenanted Uniformity in Religion Betwixt the Churches of Christ In the Kingdoms of Scotland, England, and Ireland (Edinburgh: Banner of Truth Trust, 2012), 27.

[3] R. C. Sproul, Everyone’s a Theologian: An Introduction to Systematic Theology (Orlando, FL: Reformation Trust, a division of Ligonier Ministries, 2014), 72.

[4] John M. Frame, Systematic Theology: An Introduction to Christian Belief (Phillipsburg, NJ: P & R Publishing, 2013), 206.

[5] Ibid., 207.

[6] Charles Hodge, Systematic Theology, vol. 1 (Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 1999), 585.

[7] Ibid.

 

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